ene 02 2010
Aviación: Cuando el espacio es muy pequeño.
Cuando vuelo suelo facturarme por internet para poder elegir el sitio en el que quiero sentarme en el avión. La razón es simple, soy grande, muy grande, y eso en un avión se acaba pagando.
Las compañías aéreas cada vez juntan más los asientos para poder meter más filas de asientos y así poder meter más pasajeros en el avión, por lo tanto, poder rentabilizar mejor los vuelos.
Lo que antes era un medio de transporte glamouroso ahora, cada vez más, tiene ciertas similitudes con el transporte de ganado por carretera o tren. Cuantas más cabezas entren, mejor.
Pues bueno, volvamos a lo que iba diciendo. El espacio es cada vez menor así que, cuando no puedo elegir una buena ventanilla de emergencia, suelo andar algo puteado.
El otro día, en vez de facturar por internet, facturé en el aeropuerto y, claro, no pude elegir ventanilla de emergencia. El vuelo fue cortito, de Palma a Madrid.
Estaba yo en mi sitio disfrutando de una buena lectura “Cuando éramos honrados mercenarios” de Arturo Pérez Reverte — muy recomendable –. La distancia con el asiento de delante era bien poca.
Delante de mi, en una fila de tres asientos, había sólo dos pasajeros, una mujer en la ventanilla y un chico que se había cambiado del asiento central –el peor asiento de cualquier fila según nuestro propio post al respecto– y se había sentado en el de pasillo, justo delante de mí.
Cuando hubimos despegado y se apagaron las señales de mantener los cinturones de seguridad abrochados el pasajero de delante decidió, para jodienda mía, intentar reclinar su asiento. Y digo bien, intentó, porque con el poco espacio que tenía sólo me faltaba que éste se viera mermado así que puse la mano en su respaldo para impedirlo. Salió bien pero el pasajero de delante no cejaría en su empeño. Dejó su mano en el pulsador y cuando notó que yo aflojé la presión lo intentó de nuevo, pero yo me adelanté y, otra vez, logré que no se recostara.
Uno puede pensar, joder, qué tío más antipático que eres, si el chico quería recostarse está en su derecho. Bueno, pues sí, en parte puede ser cierto, pero mi espacio es mi espacio y, lo siento, no me puedo permitir que se vea mermado porque una aerolínea a la que se la suda que vayamos cómodos deje tan poquito espacio entre asientos, no ya porque yo sea grande sino porque aún siendo ese espacio para una persona más pequeña sigue siendo incómodo.
El caso es que nos pasamos buena parte del vuelo con ese juego, el chico de delante lo intentaba, yo le bloqueaba y vuelta a empezar, incansable, recordándome a Coco, el perro de Natalia que nos lo ha dejado estas Navidades mientras ella viajaba. Coco te deja la pelota para que se la lances en casa, la trae, la deja, la lanzas, la trae, la deja, la lanzas, la trae, la deja, la lanzas… ¡vaaaaaaaaaaaaaaale!
Coco no puede negociar las reglas del juego contigo, que sólo le faltaría eso porque es un animal listísimo, pero un humano sí puede negociarlas con otro.
Si hubiera dejado de intentarlo furtivamente y de manera sorpresiva y se hubiera dado la vuelta y dicho algo así como: “Hola, disculpa pero es que quiero recostar el asiento, ¿te importa?” Yo, educadamente le habría respondido: “Hola, disculpa que no te deje, es que el espacio es muy pequeño y voy a parecer una sardina en lata. Como tienes el espacio del centro libre, ¿qué tal si intentamos que te acomodes entre los dos y si no puedes ya miramos de reclinar un poco pero no todo para que ambos estemos cómodos?.
Seguramente habría sido una solución, pero los humanos cada vez hablamos menos entre nosotros, cada vez utilizamos más el silencio y las cosas por cojones, porque yo lo valgo, porque me da la real gana o, simplemente, porque sí. Es una pena, pero cada vez más, estamos deshumanizándonos.
Por ello, en ese punto, se hace necesaria la ley del más fuerte y en ese caso el más fuerte era yo, para suerte mía. Otra vez ya pintarán bastos y tendré que aguantarme. Así que el vuelo siguió, el chico siguió intentándolo, yo seguí leyendo al grande del Reverte y el asiento siguió sin reclinarse.
Cuando nos levantamos a recoger las mochilas del compartimento superior sólo hubo alguna mirada recelosa, pero… ni una sóla palabra, así nos va.
Saludos / José D.
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Alguien me podría informar de cual es el gen que tenemos los argentinos que provoca que, de forma más que compulsiva, lo primero que hagamos al sentarnos en un transporte aéreo configurado de manera humanamente indigna, sea intentar reclinar el asiento, aún sabiendo que en unos minutos vendrán los auxiliares de vuelo a recordarnos que debemos volverlos a posición vertical?, y más aún, sabiendo exactamente que los 5 grados de inclinación logrados (a pesar de intentar con todas nuestras fuerzas vencer al sistema mecánico del mismo) no servirán para mejorar nuestra comodidad, pero sí para arruinarle un poco más la vida al pasajero de atrás?.
Un saludo y feliz 2010 para todos
PD: y ni hablar de la hora de la comida en un vuelo transatlántico…
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Hola Pablo!,
Tu cuestión es más que interesante. Quizás lea el post Françoise y pueda responder como francesa afincada en Argentina durante muchos años, igual os ha comprendido.
Es verdad, eso de inclinar el asiento y el de no respetar la señal de cinturones abrochados y deambular por el avión mientras está ascendiendo a nivel de crucero.
Saludos / José D.
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Un lema argentino es: “Ley igual para todos…pero para mí no!” También vale esa ley para los ídolos; cuando a Maradona le negaron la entrada a Japón por adicto el clamor general fue:”Esta ley está muy bien para todos los drogones, faloperos etc… pero para el Diego NOOOOOOOO!!!!!!!” El tema del espacio para sentarse es un problema para mí (1.56m) en los vuelos a BA de Air Europa donde viajo casi en posición de loto. Un grandote se enrolla las piernas alrededor del cuello?
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Hola Frani,
No, un grandote no se enrolla las piernas alrededor del cuello, al menos yo no puedo, soy igual de flexible que un bloque de hormigón.
Yo intento ganar cualquier centímetro de espacio bien hacia el pasillo, hasta que una azafata culona me atesta un caderazo en mi melón, o bien hacia cualquier sitio que pueda.
Saludos / José D.
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